Afuera ladran perros. Mientras, veo las fotografías de un auto levitando, de un sahuaro ingenuo, de un hombre a contraluz del azul finísimo y entonces, salta un sonriente Adán desnudo de otra foto más; "El Solitario" es un peñasco que habita esta casa. Afuera también ladra Xolo. Abajo el vinil. (Yo a Tico ni lo conozco). Pero escucho a Cita y a sus Muñecas Rotas, escucho el Manual para Héroes y Canallas mientras alguien me hace bromas cabulescas. Sabines me mira fijamente desde un cuadro en lo alto. Afuera ladra Xolo. Un escritorio pulcro y demasiado en orden sostiene mis manos. Y dice que son largas. Llega El Personal y el aroma del Arándano. Oigo apenas una conversación donde se habla de la Baja Sur y veo fotos de un hombre en rojo sobre la piedra. Ru pes tres. Un par de infectísimos (he de aclarar que infectísimos es en un tono de cariño absoluto) acaba de asaltarme (cámara digital en mano con dedos y yemas y huellas digitales -que son mejores que la primera-) y yo les sonrío y los quiero y me sonrío y los acuso y les sonrío y me acarician a través de su compañía diáfana.
Los ritmos en esta casa son los de una ciudad entera. Y yo sigo mirando hacia abajo. Desmenuzo.
