28.2.03
(FRAGMENTO)
La grieta, en la pared, tenía el tamaño de una moneda pequeña. Pero antes, parecía la cabeza de un alfiler. ¿O era que antes no había apreciado su dimensión verdadera? La dificultad en aprehender la realidad radica en la noción de tiempo, pensó. Si no hay continuidad, equivale a afirmar que no existe ninguna realidad, salvo el momento. El momento. El preciso momento en que no supo si subía o bajaba y no era posible, entonces, apoyar el pie. Por encima de la grieta ahora divisaba una línea ondulada, una delgada línea ascendía -si miraba desde abajo- o descendía -si miraba desde arriba-. La altura en que estuviera colocado el ojo decidía, en este caso, la dirección.
Cristina Peri Rossi
La Grieta. Esfuerzos Inútiles. Barcelona, Seix Barral,1984
27.2.03
ALA NEGRA
Si alguien ve a un hombre que camine maltrecho quejándose de un dolor en su omóplato izquierdo, díganle que yo tengo su ala. Que la encontré tirada en la esquina de la calle sexta y de la avenida Revolución, antier, aproximadamente a las dos de la mañana. La levanté de un charco junto a un puestito de hot dogs. Díganle que después de caer, los ángeles solamente arrastran las alas enormes sobre el asfalto pero que es de locos deshacerse de ellas. A menos que quieran dejar de ser kitchs. Estaré en el Dandy del Sur o en La Estrella este viernes, durante la noche, para mayores informes. Esta vez, no me interesa cobrar el rescate.
26.2.03
DORIS DUB
Lo veo acostado sobre la cama que tiene décadas sin tender. Abrigado con su eterna chamarra negra de cuero y fumando un farito. Volvió a cortarse el pelo. Recuerdo su fascinación por Schubert y las guitarras de Satriani. Hace unos momentos tomó un libro despastado de Eco y lo dejó de nuevo. Sobre la duela. Sobre las bachichas de los millones de cigarros que ha fumado en sus últimos veinte años, y que a manera de alfombra, se camuflajean con los cables de la empolvada y destruida guitarra. Le fue sacando las partes. Casi a la par de como sacaba las notas con las manos blancas de dedos largos. Dedos largos manchados de nicotina. Queda el brazo de palo de rosa recostado atrás de la puerta. El trabajo que le hizo Rubio al ensamblar la lira se deja ver aún a través del polvo. La pátina que cubre el rostro de Emilio es la que cubre a los hombres solos. A los marcados. Son las cuatro de la tarde. Despertó a las tres. Buscó los restos de mezcal en los envases de panalitos que por la madrugada dejó junto a las pilas de libros. No encontró nada y optó por ir a orinar. El baño tiene el grifo descompuesto y le seduce el sonido intermitente de las gotas de agua al caer. Emilio se tumbó de nuevo sobre la cama que tiene décadas sin tender. Abrigado con su eterna chamarra negra de cuero y fuma un farito. Recuerdo que cuando yo tenía diecisiete años hicimos las paces después de una guerra idiota. Nos reuníamos entonces todas las tardes a beber café. Éramos por lo general seis o cinco y yo, la única mujer. Las tardes se extendían y yo a mis diecisiete era la fumadora más pasiva del mundo. Me tragaba el humo de todos, durante horas todas las tardes y luego les regalaba libros donde salían los terribles daños del cáncer instalado en los pulmones o en la garganta. Aún no me había dado cuenta que el cáncer también puede ser la soledad o el desamor. Era joven y no lo creía. Todavía pensaba que los sentimientos eran reales y no sólo ideas vagas que a veces nos confunden y nos desmenuzan la vida. Él se reía mucho de mi. Yo no sabía responder. Alguno de los otros amigos tenía que decirle algo para que se callara, para que no se riera a mis costillas. Por lo general nadie hablaba. Sólo uno (otro marcado) salía a mi defensa y lo dejaba en blanco,
—Emilio, cállate el hocico porque ya empezaste a babear.
Él sabía que era la primera llamada. Generalmente lo único que hacía luego era dirigirme una miradilla de odio y pedía entonces más café al primer mesero que pasara junto a la mesa. Y así era cada vez. Y yo iba cada tarde. Y aún no entiendo cómo fue que con el tiempo ya no me molestaba. Y me escuchaba. Y mucho más adelante me preguntaba que cuándo nos tomábamos un café de nuevo. No sé cuando fue que la vida nos pasó de largo. Ve lo ci dad. Dis tan cia. Tiem po. E mi li o Ve ga tiene sobre la cara el hilo de luz de las cuatro de la tarde. El único hilo signo de vida que permite entrar por el agujero de las puertas de madera de la ventana. Juega con él y se levanta entonces para ir de nuevo a caminar la tarde y continuar caminando la noche por el reverso de las piedras. Escucho Doris Dub de Tosca. Sé que a Emilio va a gustarle.
25.2.03
SOBRE EL MANUAL I
Son decenas. Todas, esparcidas por los bosques que arropa las faldas del volcán. Colectan setas. Llevan canastas tejidas con los cabellos largos. Otras, a la manera de las pisadoras de uvas, deshacen los hongos y setas de la temporada de lluvias para escurrirles la esencia. La esencia que genera la fuerza, el fuego y el silencio acústico del Volcán. Una vez bebidos algunos tragos del bálsamo, desaparecen. Ellas comienzan la diáspora hacia la esquina izquierda de los ojos, las comisuras de las bocas y el hueco entre el tabique y el párpado de algunos hombres. Comienzan el viaje hacia el centro de las manos de otras mujeres en transición. Pasajeras de trenes alucinantes. Ellas se saben. Se huelen. Se piensan. Algunas veces tardan en reconocerse. Todas desde sus lugares escriben las líneas del Manual.
DESDE ABAJO
Escribo una carta que a su vez
es un puente
Construyo un puente
de papel y palabras
Escribo puentes para refugiarnos
debajo de ellos durante la lluvia
y para de vez en vez
hacer fogatas luminosas
de palabras rojas, palabras azules
y palabras blancas
Soy la clocharde que
desde abajo
saluda a los que cruzan todos los puentes imaginarios
24.2.03
LA MAÑOSA MAÑANA
Despertar. Mover con la mano derecha la cortina y ver que el cielo está en blanco. Exactamente igual que la mente. En blanco. Un blanco que empieza a mancharse con los colores diluídos del sueño. Recordar: El sueño prolongado con cierta dosis de ansia. ¿Pesadilla? Es raro. Soñar y despertar con las emociones sobre la piel. Como si realmente me hubieran hecho daño. Incomprensible saber que no fue nada.
¿Por qué no puedo entonces deshacerme de las ganas de salir corriendo?
El cielo sigue en blanco, yo también. Espero que hoy llueva muy fuerte.
COMPLICIDADES
Cuando me asomo y leo y encuentro, no puedo evitar desear que los demás lo sepan. No puedo guardarme en los ojos tanto.
Fauna Exótica
No voy a enlazarla, pero hay una escritora en red que se prostituye verbalmente en su blog.
También hay un escritor blog solitario que presume de no leer jamás otro blog que no sea el suyo.
Hay una madre de 40 años que muestra en su blog las heridas que se autoinflinge para sentir que está viva.
Hay un chico que lleva seis meses prometiendo que va a suicidarse por un amor contrariado.
Hay mujeres anoréxicas que se desnudan de su carne post tras post.
Hay un lexicógrafo blog que no hace mucho sufrió un severo ataque de pánico posteando.
Me alegro muchísimo de haber descubierto que el placer que obtengo de escribir como lo hacía antes de blogger sigue siendo mucho mayor que el que obtengo de postear. Todas estas personas están solas, están tristes, usan su blog para seguir cayendo o para pedir socorro, pero sus lectores prefieren la diversión, el voyeurismo narrativo. Como ver una película de terror sabiendo que todo es atrezzo, pero de forma inversa.
Al leer un libro, la sensación del autor es difusa, lejana. Al leer un blog prevalece la fantasía de inmediatez. Podemos hablarle, escribirle, dejarle comments, sentirnos él o ella. Se corre el riesgo de no estar ni en la vida ni en el blog. La alexitimia, la incapacidad de expresar sentimientos reales ya se ha manifestado como síntoma en personas que llevan más de dos años posteando en blogs americanos. El blog es básicamente una excusa, un sucedáneo, ersatz de otra cosa que no se está haciendo.
Quizá lo del blogumental no sea mala idea, después de todo: vale la pena analizar por qué preferimos contar nuestras vidas a vivirlas.
21.2.03
OTRA VEZ LA PAZ
El íntimo acuerdo
El verdadero e íntimo acuerdo depende de la posibilidad del desacuerdo, del sí tanto como del no.
Confío en que grites si se apodera de mi voz la intención de callar. Confío en que también sepas defender mis silencios de las palabras inútiles.
20.2.03
FLOR DE CALABAZA
Las doce del medio día. Los olores invaden la cocina. Ligeros andan el pasillo largo hacia el patio. Bailan ondulantes sobre la loza verde y llegan para decirle a mi nariz que despierte. Hoy no fui a la escuela. Será un día muy largo. Casi un año. Y yo apenas jugando con la luz de las doce entre los macetones húmedos que albergan las plantas de sombra. Me voy corriendo a la terraza, no hay gente en la calle. Las banquetas están vacías y el parque de enfrente tiene las jacarandas moradas. Me voy corriendo y cruzo el cuarto azul echando un vistazo a las máscaras de patol y a los pisapapeles sobre el escritorio de mi abuelo. Paso corriendo por la sala y me detengo frente al espejo enorme. Veo las tallas que lo adornan y que hacen juego con las de la chimenea. Dicen que esos muebles estaban en la casa de un obispo, uno que en sus tiempos le apodaban "Piedrotas". La sala está fría. Estornudo. Me gustan los niños de las tallas. Hablo y juego con ellos. Me veo de perfil en el espejo. Cuando sea grande voy a tener otra forma. No voy a estar lisa. Emprendo carrera y me voy de la sala por el pasillo donde están los clósets. Cruzo veloz, por aquí siempre siento que alguien me persigue y que casi me alcanza. Sigo de largo, llego a la cocina. De espaldas a mi, la esbelta espalda de mi abuela. Frente a la estufa canturrea suave mientras guisa la crema de elote. No me ve. No me oye. Voy despacito detrás de ella para poner mi mano sobre su espalda y que brinque del susto. La toco. Brinca. Grita y voltea:
— Quisiera mascarrrrte.
Luego me río, me doblo de la risa y mi abuela sonríe. Me acerca una silla para sentarme.
—Cómete un tentenpié en lo que llegan tus hermanos de la escuela. ¿Ya no tienes fiebre?
Mi abuela de cara hermosa me sirve un taco de flor de calabaza. No hay ruido, no la radio. Sólo el rumor del medio día. Ese sonido como eléctrico entre el silencio y el oído. Abro el taco humeante y escruto la cebolla, el jitomate, el chile verde y el queso. Los pedacitos amarillos de los pétalos de la flor me confirman que nunca nunca nadie me regalará estos sabores, este rompecabezas colorido, tampoco, nadie más, el canturreo suave de mi abuela.
19.2.03
DE LLUVIAS Y CAGOTERAS*
En estos días de lluvia, en los que todo el mundo se pone romántico y donde la bruma cuasi nórdica envuelve totalmente la ciudad, yo no tuve tiempo para ponerme cursi ni triste siquiera. No pude escribir ni un poema a la lluvia, no pude salir al patio a que “me tocara el rostro” jeje y menos bloguear ipso facto sobre ella. Pinches aguas. Maldita temporada de invierno y malditas sean las goteras que hay en mi casa. Mi cuarto tiene un hermoso techo de dos aguas sostenido por algunas viguetas. A ese cuarto antes le llamaban El Palomar por su estructura desvánica (en el último piso de la casa) y porque si se dejaban abiertas las ventanas, las palomas se metían sin pedir permiso a nadie. Y eran, supongo, felices.
Anteayer, después de subir la escalerita de caracol para llegar a mi cueva (desde que llegué cambió de estatus animalis), encontróme con decenas, cientos, miles de pequeñas cacas secas esparcidas por toda la alfombra. Sí, tenían la forma conocidísima y caricaturezca de la merde. Como cremoso helado sobre barquillo. Me asusté. ¿Habría entrado un animal ahí y estaría escondido entre mis ropas?...¿diarreico además?...¿estoy tan mal de la cabeza que las cacas tienen meses y yo ni en cuenta?...¡No es posible!...¡ayer estuve aquí y no había nada de esto!...mientras trataba de entender, me aplicaba un test personal a diez mil millones de segundos por hora (digo, de algo sirve a veces la amaranoia que llevo dentro), fue entonces cuando recordé que dos amigas estaban esperando con caras interrogantes, una respuesta a la situación drama-cómica-musical que como anfitriona me correspondía dar. Y fue también cuando di en el clavo. Malditas lluvias. Vi las miradas y las ganas contenidas en las comisuras de las bocas de mis invitadas, por morir de risa. Antes de empezar a explicar mi teoría sobre el asunto, bajé corriendo por la escoba (ya que desde que se descompuso no la utilizo ahora más que para barrer) y de tres zancadas zancudas subí de nuevo hasta lo más alto cual Quasimoda preocupada. Empecé dirigiéndome a ellas:
— Ya sé que fue lo que pasó. Siempre me dijeron que no dejara las ventanas abiertas porque las palomas entraban a “hacer de las suyas”. Ahora lo entiendo, de seguro cuando entraban aquí se cagoteaban sobre las viguetas, miren miren, bueno, desde aquí no se ven porque estamos abajo pero de seguro (miradas incrédulas entre ellas) las cacas están sobre las vigas, sí, sí... y ahora con las lluvias...sí,de seguro...ahora con las lluvias y las goteras, se humedecieron y por eso cayeron al piso.
Mis amigas no respondían.
— Miren, de verdad, si un animal hubiera entrado, estarían frescas y no lo están.
Una de ellas me pregunta inquisidora:
— ¿Así que sobre las vigas?
Volteaba a ver a la otra como diciéndole: “Mira a nuestra amiga. Qué cerda”.
Yo corroboraba:
— Sí, miren, es que otra respuesta ¡no hay! Tiene que ser eso.
Condescendientes me dicen a dúo:
— Sí, no te preocupes...las palomas seguramente...las viguetas...
Yo tratando de salir del paso:
— De verdad, es que no entiendo nada... ya me dio miedo... ¿qué hacen estas cacas secas sobre mi alfombra?
Inmediatamente me respondió mi consciencia que acostumbra estar callada (casi muda la mayoría del tiempo la muy inconsciente):
—El karma Amaranta, el karmaranta...te la has pasado burlándote sin decoro alguno de tus amigas, las bromas pesadas también se revierten, este es tu castigo.
Después de oírla pensé en prender un incienso para limpiar la atmósfera pero no había, me los acabé y no he comprado. Así que seguí barriendo tratando de no voltear a ver las caras asqueadas de las chavas. Me sentía con la cara hirviendo de vergüeza ante situación tan escatológica que en realidad para mi era, escato-ilógica.
En breve salimos de la casa y al regreso, todavía con cara de no lo creo, me dice una de ellas:
— A ver, préstame la escoba.
Y empezó con ganas, a tallar la superficie superior de una viga, cuando en eso, cayó una caca seca pequeña como las otras.
— Ahí está. Tenías razón. Tu teoría es real. Comprobado.
Yo me sentí mejor. La comprobación de la teoría me quitó un peso de encima, sin embargo la otra amiga aún tenía ese brillito malévolo en los ojos con risa incluída. Me dijo:
— La verdad, yo no te creí.
Pasaron dos días de los raros acontecimientos caquianokafkianos cuando volví a entrar con otras amigas y la amiga incrédula a mi cuarto. Apenas abrí la puerta cuando oigo un aleteo desesperado. Volteo hacia arriba y la veo. Una asustadísima paloma gris con colores tornasolados en las alas, brincaba aleteando de viga en viga mientras otra vez, cacas secas caían sobre la alfombra. Pero esta vez me puse muy feliz. Tenía frente a mi a la autora material e intelectual de mis pasadas vergüenzas, al frente también, de las invitadas. Ahora sí, no dije ni pío porque la paloma telépatamente había escuchado mis maldiciones días anteriores. Por eso vino. Y además no era necesario decir nada. Ellas podían ver ahora como la lluvia de cacas dentro de mi cuarto, era una cosa de lo más normal. La incrédula amiga traía su cámara y veloz se preparó para tomarle una fotografía a la paloma desesperada. Click. Lo hizo.
Hoy me dijo que dentro de las tomas e impresiones no salió la foto de la paloma. Entonces yo la volteé a ver y transmitiéndole la eternidad por los ojos le pregunté:
— ¿Cuál foto?...¿cuál paloma?
*Martha Miranda muriendo de risa, me obsequió esta palabra cuando vió que yo no encontraba una para definir el extraño caso de la lluvia de cacas.
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