DONDE LA VIDA NO VALE NADA
Hoy es la noche en que por estos lares se festeja a San Ignacio. Entonces resulta que al pueblo guanajuatí se le ocurre irse al cerro del hormiguero (uno de los que delimitan la ciudad) y se instala insomne durante toda la noche mientras se celebra una misa en lo alto, dentro de una cueva y la gente se pone pedísima.
Así es Cuévano. Entre rezo y rezo se chingan un pomo.
Mañana "Día de la Cueva" las familias van a pasar el día con sendas canastas rebosantes de comida, las señoras de la
crème de la crème (generalmente damas del club de leones o rotarias) ponen su carpa y también, se sientan a darse baños de pueblo mientras los vendedores ambulantes hacen su agosto el último día de julio. Ponen juegos. Hay música. Comida por todas partes. Pero claro, la verdadera diversión consiste en ver al primer borracho que caiga por algún despeñadero y se mate, o por lo menos sufra heridas desastrozas. No tardan las sirenas de las ambulancias en ser el soundtrack de la tarde.
Los autobuses urbanos van retacados de gente y todos llevan pintados en los vidrios la leyenda -escrita con pintura para bolear zapatos-: "A la Cueva".
Literalmente mañana, Guanajuato es un jolgorio. No faltan por supuesto, las afrentas entre borrachos, los pleitos entre bandas y los niños llorones. No falta por supuesto el robo en las casas (pues todo mundo anda trepado en el cerro), el aguacero predecible y el tradicional descalabrado. Lo curioso es que cada año, la fiesta se repite, sin muchos cambios. Sólo se observa el cambio de generaciones: el ayer niño llorón, mañana será el borracho muerto. La niña chillona, mañana será la viuda joven. Y así, irremediablemente
ad infinitum.
Aquí, en mi Guanajuato, donde la vida, no vale nada.